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Aún recuerdo la primera vez que lo vi antes de que mi corazón latiera por él, mucho antes de que el amor borrara en mi señor todos los defectos que ahora voy a enumerar. Porque aunque el amor es, según dicen, el gran embellecedor de los recuerdos ¿Cómo olvidar aquella repugnancia primera?
Era hombre de estatura elevada para mí, y eso hacía aún más terrible su presencia. Lo primero que recuerdo es un atroz olor mezcla de sudor, deseo y ropa medio podrida. Su barba larga y descuidada que yo evitaba rozar con mis labios, ocultaba una boca linda, aunque, por ella, escapaban con igual profusión a veces rezos otras venablos.
Mas tarde llegarían los rezongos de amor, pero creo a todas luces que fui yo quién instruyó a sus labios en tan dulces menesteres, nada sabían ellos antes de lo que no fuera hablar a grandes voces o desgranar monótonas letanías.
Y sus manos las recuerdo también, ocupadas siempre en acunar sus armas, limpiarlas, bruñirlas, mimarlas tanto como más tarde adorarían mi cuerpo. Sin embargo por entonces eran manos crueles, prestas a los castigos, prisioneras de la ira. Poco que ver con las suaves manos de mis hermanos educadas en la delicadeza, terribles manos capaces de arrancar el corazón palpitante del cuerpo de un enemigo pero suaves en su gesto, serenas en menesteres. Ahora las amo también como amo cada esquina de su cuerpo esbelto que podría seguir recorriendo paso a paso para describíos sus modos. Siento no poder hacerlo, me llama mi señor D. Lucas, otro día amigos, otro día en que el amor no sea para nosotros una tal urgencia.
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